lunes, 30 de noviembre de 2020

Santa Maradona



Cuando éramos chicos nos llenaba de felicidad sentir la llegada de fin de año porque sabíamos que Papá Noel iba a traernos un regalo. No siempre era el regalo esperado. Pero un regalo siempre llegaba. Muchas veces escuchamos a ciertas personas asegurar con firmeza que Papá Noel no existía, que eran nuestros padres quienes dejaban debajo del arbolito los regalos. Pero, a pesar de la autoridad que irradiaba esas personas tan “importantes", algunos desconfiábamos  de esta afirmación por una simple cuestión lógica: pensabamos, como harían los padres de los chicos pobres para comprarle un regalo a cada uno de sus hijos, que siempre son tantos y el dinero nunca alcanza. Ese solo dato, imaginar que un padre no podría hacer feliz a su hijo dándole un regalo, verificada por sí mismo la existencia indudable de Papá Noel; alguien tenía que encargarse de repartir felicidad, la vida no podía ser siempre tan ingrata. Es la misma función que, para las personas adultas, que ya dejaron de creer en fantasías, cumplen los ídolos populares. Seres comunes, investidos de un don especial, que están en el mundo para distribuir felicidad. Es la forma perfecta de la justicia humana, cada cual se sirve la porción de felicidad que desea. Y una vez los ídolos investidos de ese don ya ni siquiera deben esforzarse en sorprendernos con sus hazañas para lograrlo, ya que su sola presencia nos garantizan que seremos dichosos.  Eso fue Diego Armando Maradona, para los argentinos y para el mundo entero. Por eso, cuando me enteré de su muerte, aunque no soy futbolero, ni maradoniano, me puse un poco triste, porque siempre es triste despedir a alguien qué hizo feliz a muchos, sobre todo a aquellos que no tienen otra posibilidad de felicidad más que ver una pirueta futbolística bien lograda, una acrobacia que termina en el imposible milagro de un gol.  

Nunca lo vi jugar a Maradona, ya dije que el fútbol no me atrae.  Podría haberlo hecho. Podría haber ido a la cancha y sin entender absolutamente nada sobre la lógica de ese juego haber disfrutado de las hazañas de ese genio irrepetible, como quien disfruta de una música bien compuesta o un vino bien elaborado o un razonamiento perfectamente lógico. Pero no lo hice. Mientras él estaba jugando a la pelota y derrochando su don magistral yo estaba haciendo otras cosas, quizás para mi tan importantes como esa. Sin embargo ahora me arrepiento, debería haberlo visto sólo  para poder sentirme su contemporáneo, para poder agradecer haber vivido en el mismo tiempo que ese humano, demasiado humano.  Y no solo eso, sino, quizá lo más importante, para haber compartido la felicidad con quienes no tendrían otra oportunidad de encontrar la dicha  una vez que hubieran dejado la tribuna y se reencontraron con la dura e injusta vida que los esperaba afuera de la cancha.  

Mientras Diego vivía yo no pensaba todas estas cosas. Maradona era para mí ídolo de otros. Mientras la masa popular disfrutaba sus hazañas yo pensaba que había cosas más “importantes" de las que disfrutar. Sin embargo ahora, una vez muerto, evocar a Maradona me conecta con esa sustancia mágica  y misteriosa que nos devuelven los muertos. Escuché en estos días a personas que hablaron mal de Maradona por los hechos de su vida privada. Es cierto que las ídolos populares no tienen vida privada y es cierto también que él no jugaba a la pelota sólo con sus pies sino que jugaba con toda su historia de carencias, con su pobreza, con sus problemas físicos, con su empecinamiento,  con su tozudez, con su adicción. Y a veces es difícil separar al hombre real del héroe imaginario. Ahora, que somos grandes, sabemos que no todo el que anda disfrazado con un traje rojo, una barba blanca y una bolsa de juguetes es Papá Noel. El vive en un lugar misterioso, el lugar encantado  donde se producen todas las alquimias qué hacen, para muchos, soportable esta vida. Es el lugar de donde salen los milagros. Maradona no murió, simplemente volvió a su lugar.